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El Padre Cacho

 
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El Padre Cacho
by System Administrator - Saturday, 13 September 2014, 4:42 PM
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Serie 2014 | Subsidios 37 | Domingo 14 de setiembre  de 2014

El Padre Cacho

La Arquidiócesis de Montevideo pedirá al Papa Francisco la canonización del cura salesiano Rubén Isidro Alonso, conocido como el padre Cacho. Alonso era sacerdote salesiano, pero en los últimos años de su vida pasó al clero diocesano de Montevideo para asumir, con el apoyo de Monseñor Carlos Partelli, una radical opción por los pobres. Presentamos un retrato del Padre Alonso diseñado por la pluma de Mercedes Clara[1] y publicado por el Boletín Salesiano en setiembre de 2007.. Mercedes Clara es autora de un recomendable libro sobre el Padre Cacho[2].

El Cristo de los carritos

 

Una caravana de carritos acompañó su partida. Y el p. Cacho sigue acompañando el caminar del barrio. Dicen que cada tanto se da una vuelta. Que de puro volvedor siempre está volviendo. Vuelve para la gente. Su gente pobre. La que le enseñó que allí, en el margen oscuro de una ciudad iluminada, podía encontrarse con Dios. El amigo no se sienta a descansar, porque como dijo un día:

La pobreza es un pecado social que no podemos seguir permitiendo que se prolongue por más tiempo. Estamos llegando tarde para salvar muchas vidas”.

LA BÚSQUEDA DEL OTRO, LA BÚSQUEDA DE DIOS

Su búsqueda lo llevó siempre más allá de donde estaba. Con espíritu peregrino, marchó a vivir una experiencia comunitaria en un barrio de la periferia de Rivera. Con los pp. José Carcabelo y Eulalio Landa, quisieron vivir “la experiencia de sentirnos vecinos y compartir con la gente, donde la misma vida nos iría diciendo qué cosas íbamos a celebrar[1].

En 1977, invitado por Mons. Parteli y movido por su propia convicción, llegó a Montevideo:

Siento la imperiosa necesidad de vivir en un barrio de pobres y hacer como hacen ellos. Necesito encontrar a Dios entre los que más sufren... Sé que vive allí, que habla su idioma, que se sienta a su mesa, que participa de sus angustias y esperanzas”.

La búsqueda de Dios lo animó a acortar distancias. Con la capacidad  de mi- rar más allá de las estructuras, los conceptos y las conveniencias propias, se dispuso a atravesar espacios desco nocidos. Derribó fronteras, prejuicios, miedos, años. Fronteras hacia afuera y hacia adentro de sí mismo. Soltó seguridades y fue a vivir un encuentro casi magnético con la pobreza:

Yo no sabía cómo dar el paso, estudiaba la manera, como si fuera un país extranjero, donde nos resulta difícil hablar el mismo idioma. Y Dios me ayudó porque una señora fue a buscarme porque habían matado a un chico”. 

Sólo con boleto de ida, y sin las precauciones del turista, marchó al barrio Plácido Ellauri, donde comenzó a compartir  la vida cotidiana  de los vecinos, hasta el no saber qué iba a comer ese día.

Las urgencias de los otros, la indignación ante las situaciones de injusticia y los rastros de Dios, guiaron su andar. La vocación de Cacho implica una experiencia profundamente humana  y espiritual: un encuentro con Dios en el otro. Si la palabra “solidario” viene de “sólido”, la solidaridad se construye  a partir de lo más frágil, de las personas más vulnerables. En la intuición de Cacho, allí está la densidad de lo divino.

UNA LENTA METAMORFOSIS

En el barrio, Cacho encontró hombres salidos de la cárcel, mujeres solas, familias que vivían de la basura, jóvenes sin proyecto  ni posibilidades. Niños condenados al círculo perpetuo de la pobreza. Personas que perdían antes de ju- gar o que ni siquiera participaban del juego. Se encontró con la injusticia, la impotencia, la desesperanza y la falta de autoestima de la gente. Supo  captar con gran agudeza  la complejidad de las situaciones de pobreza. Vio que tenían nombre y apellido, gestos, historias. Descubrió que en el paso de muchos de sus vecinos, iba “un drama caminando”. Por eso, cuando abusaban de su solidaridad y le sacaban lo poco que tenía, intentaba justificarlo con razones, y cuando no las encontraba, decía:

“Como sociedad les hemos robado todo. Está bien que me toque a mí alguna vez”.

Con cierto enojo, comentaba:

Es mentira aquello de que hay que enseñarles a pescar y no darles el pescado, porque nosotros le hemos robado la caña, el anzuelo, la barca, la red y hasta los pescados”.

En mayo de 1979, los vecinos de Aparicio Saravia y Timbúes fueron amenaza- dos con el desalojo. En la desesperación de quedarse sin tierra recurrieron a Cacho. Por sus vínculos con la Iglesia, él consiguió una ayuda del grupo“ Juntos Podemos”, de la Parroquia Stella Maris de Carrasco, y compraron el terreno. El desalojo les hizo tomar conciencia de la precariedad en que vivían; el sentirse propietarios los impulsó a mejorar sus condiciones de vida. Y empezaron a pensar en el futuro. “Nosotros ya nos habíamos conformado -cuenta Pocha- Él nos impulsó a creer que nosotros también podíamos tener una casa”. En una sociedad en la que la propiedad individual es la norma, decidieron ensayar nuevas formas de acción grupal. Comenzaron a limpiar el terreno y a hacer bloques para construir casas.

Eso fue sólo el comienzo... Más personas, grupos y comunidades confluirían más tarde a apoyar la experiencia que iniciaban los desalojados de Aparicio Saravia y Timbúes, y a descubrir con ellos nuevas formas de relacionarse y ver la realidad. “‘Juntos Podemos”’ no fue sólo un lema, sino también una profecía[1].

Aquel mundo aparte donde el tiempo parecía detenerse, donde los ranchitos se mantenían en pie sin saber hacia qué lado caerían, comenzó una lenta metamorfosis. La solidaridad empezó a prevalecer sobre la pobreza. La potencia sobre la impotencia. Los vecinos sintieron que el cambio era posible. De las entrañas mismas de un barrial nació un centro comunal. Aquella montaña de basura dio lugar a una policlínica. Los ranchos se vistieron de casas con la certeza  de mantenerse erguidos. El paisaje tomó  aire de barrio. Unas cuantas  gentes  empezaron a sentirse personas. Aprendieron  el valor de la palabra dignidad.

EL PODER DE ESTAR

Con su capacidad de estar y comunicar vida, y con su presencia sencilla compartiendo la cotidianidad, Cacho se fue transformando -lo fueron trasformando- en un líder. Un líder extraño que, según los vecinos, “estaba siempre callado”. Hablaba poco. Escuchaba con paciencia; no sólo lo que le decían: escuchaba a la persona. Sabía leer la realidad de la gente. Su decir pausado se caracterizaba por el respeto del otro. Un otro que vaya a saber de qué historia surgía. Un otro, con sus caminos conocidos y sus tierras nunca vistas. Interactuar con él, conocer sus circunstancias, implicó para Cacho abrirse a su saber, a su óptica, a su manera de entender y sentir la realidad. Y también a su miste- rio.

Nuestro país ha practicado un ateísmo sobre las personas -dijo un día en un programa de televisión- Ahora resurge el creer en el otro como valor en sí, como persona, como ser capaz de hacer resurgir la vida”.

Su poder estaba para despertar el poder de los demás. Los vecinos atestiguan :“No nos inculcaba la religión, si no le preguntabas ni te enterabas que era cura”. “Nos quería como éramos, no como deberíamos ser”. “Aceptaba a todos, desde una prostituta hasta un ladrón”. “Nos hizo sentir que podíamos”. “Respetaba nuestras decisiones y nuestros tiempos”. “Confiaba en que podíamos cambiar”. “Se rompía todo por nosotros”. Con un discurso simple, de palabras justas y ges- tos precisos, les hizo sentir que la pobreza no invalida la capacidad de ser, de crecer y de crear. “Para él, el ser humano perdido no existía -dice el p. Juan José Mosca- Daba esperanza, siempre tenía una palabra de ánimo, una palabra don- de el otro se sentía recuperado, mirado de otra manera”.

Los que lo conocieron  afirman que era un hombre humilde, silencioso, de apariencia más bien apocada. No era de esos líderes que arrastran multitudes. Más bien, “era de pasar desapercibido entre la gente que no lo conocía”, “no da- bas dos cobres por él”. Sin embargo, “¡Encontramos el capitán!”, como dijo una vecina orgullosa. El capitán de un barco que navegaba aguas, a veces claras y a veces turbulentas, pero que siempre avanzaba.

Cacho logró que los vecinos se responsabilizaran de la organización que se iba generando. Que escribieran su propia historia y transitaran  su camino. Las carencias comunes  se canalizaban en proyectos compartidos. Fue reticente a institucionalizar la “Organización San Vicente”, pero al fin reconoció que era necesario para ser un interlocutor válido en los ámbitos públicos y privados. En 1989 logró la personería jurídica. Y adoptó como metodología de trabajo, acompañar a los vecinos en su vida diaria e intercambiar  conocimientos:

Nuestra acción quiere estar centrada en la práctica social desde y con el pueblo, con los temas cotidianos expresados por su gente en una relación de igual a igual, que investiga, conoce, propone, actúa, evalúa”.

VIVIR A LA INTEMPERIE

En el mundo actual, que invita a construir defensas  y a rodearse  de rejas y seguridades, Cacho eligió la intemperie.

Muchos vecinos y amigos hablaron de su fuerza. Muchos de su fragilidad. Su presencia fue bien recibida por casi todos. Algunos abusaron de su confianza. Le pedían más de lo que podía dar. Cuenta un vecino que una vez “le pidieron plata para el pan; como yo sabía que no era para el pan, me enojé con él. Pero no me dio pelota; lo cagaban y volvía a confiar. No tenía remedio”. Mucha gente entendía que eso era flojera; tal vez para él era su fortaleza. “Es una debilidad en cierto sentido elegida -reflexiona Pablo Bonavía- y para elegir la debilidad, hay que tener mucha fuerza”. Elegir la fragilidad como modo de presentarse ante los demás, implica asumir las propias debilidades como posibilidad para fortalecerse con otros. No era una postura  para conquistar  a otros, sino un desarmarse  para recibirlos y rearmarse juntos. Allí radicaba su fortaleza.

A veces sintió que las circunstancias lo superaban. La falta de oportunidades y la falta de expectativas de los vecinos lo enfrentaron a una realidad que le costó asumir:

La realidad tira abajo todos los esquemas... Yo no he escapado a esa sensación de frustración cuando veía y veo que este camino no marcha, que tal principio al que me había afiliado no funciona; de pronto, la sensación de que todo es tan artificial que lo único que hemos hecho es un castillo de naipes y que en cualquier momento todo se derrumba... Entonces, con mucha paciencia, he vuelto a empezar”.

A pesar de convivir más de 25 años con la injusticia, nunca se acostumbró a ella. Con gran lucidez percibió los mecanismos con que la sociedad construye sus defensas para naturalizar una situación indigna. Su sensibilidad frente a las situaciones límite, le generaba dolor, a veces confusión y frustración, pero también la posibilidad de comprender, aprender, ayudarlos a dibujar caminos y a creer en sí mismos:

Yo siento que la voz de ellos, de mis vecinos, me quema adentro”.

LA ETERNIDAD DE UN HOMBRE

Cáncer e inoperable. Yo me someto a tus manos, Señor, que tienes formas de cirugía que son amor puro”, escribió en su cuaderno al enterarse del paso que le tocaría atravesar. Hacia el final, retrató en colores trazos de su vida. "El Cristo del carro”, un barco en el mar, encuentros del hombre  con la luz y encuentros de la inmensidad  con el hombre, son algunos de los cuadros que cuidan sus amigos. Pero lo que todos atesoran, es el tiempo compartido. Esa herencia invisible que se escribe cada día en las calles del barrio y en el corazón de los que descubrieron con él la presencia de Dios.

Yo no soy nadie, ni el barrio ni la zona depende de mí. Todo depende de todos”, dijo como anticipando su retirada. “Y la dependencia personal termina en el momento en que la persona ya no está. Igual la solidaridad sigue luchando por no morir. Y las personas, los pueblos, los barrios siguen haciendo una historia”.

Murió el 4 de setiembre de 1992. Quienes lo conocieron aseguran que encontró lo que buscaba:

Yo me he sentido más que nunca persona y sacerdote en medio del cariño, la solidaridad, los gestos, como nunca antes había encontrado”.

Si los vecinos y lo que se pudo generar en el barrio, son parte de su obra, Cacho también es obra de los vecinos. En ese camino de mutua  transformación, se descubre  la santidad  de un hombre que luchó por ser él mismo. Que para ser plenamente, necesitó que otros fueran lo que están llamados a ser. Ade- más de mirar y vivir la pobreza, Cacho asumió el desafío de mirarse desde los pobres, se descubrió a sí mismo a través de los otros.

Los milagros están a la vista. Los vecinos que guardan la historia lo afirman. Personas que vuelven a sentirse personas. Un barrio que cambia. Un rancho que se convierte en casa. Los “hurgadores” que hacen valer su trabajo y ahora pasaron a ser “clasificadores”. Que reconocen su valor y luchan por un lugar en la sociedad. La basura como problema y la basura  como oportunidad. Los vecinos agrupados, compartiendo lo poco o lo mucho. Una Organización que permanece hasta hoy buscando caminos de humanización  y justicia con apuestas concretas. Curar, aliviar, descifrar el brillo de lo aparentemente oscuro. Creer en las personas más allá de su reputación, su modo de ser, su condena... Hacedor de milagros, de momentos únicos, que sin su paso no hubieran  sido. Que se vuelve pobre para ser rico. Que se vuelve frágil para ser fuerte. Que desde la apuesta por vivir su humanidad con todos los riesgos, sin saberlo, se vuelve santo.

No se trata de verificar hipótesis, ni de hacer estudios ni investigaciones: se trata de ser solidarios hasta el fin. Cacho partió para quedarse  definitivamente con todos los que, sin saberlo, escribieron una página más del Evangelio en esta tierra. Su vida y su opción por los pobres continúan hablando. Hoy más que nunca, su historia y su propuesta son un desafío para nosotros, para nuestra sociedad y para nuestra Iglesia.

Mercedes Clara

Mercedes clara es licenciada en Comunicación Social y egresada de la Escuela de Psicología Social Enrique Pichon Rivière. Trabaja en proyectos que vinculan la comunicación y la expresión artística como herramienta para el fortalecimiento de grupos en situación de vulnerabilidad social. Es coordinadora de proyectos en el Programa de Extensión Universitaria de la Universidad Católica, y del área Formación en Voluntariado Social de Obsur. Se desempeñó como educadora de niños e integró el equipo de trabajo con clasificadores en la Organización San Vicente. Realizó la serie de audiovisuales "Rostros de la pobreza en Uruguay", entre los que se encuentra Cruzador de fronteras, documental sobre la vida del Padre Cacho.

Subsidios P. Juan Algorta

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